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42 años sobre el andén y ante la máquina de escribir

 Por Carlos A. Sourdis Pinedo


Francisco Donado Peñaranda, llegó siendo casi un niño a Barranquilla, proveniente de Magangué, su patria chica, y para cuando era un adolescente ya tenía claro cómo se iba a ganar la vida: empezó a estudiar la Cartilla, el Manual y el Código Tributarios.

“No tenía dinero para pagarme una carrera de abogacía, que es lo que más me hubiera gustado estudiar”, dice, pero  explica que en estos textos se detalla cómo se llenan los formularios oficiales, cuáles son los ingresos, cómo se calculan las deducciones.

También consiguió toda la información que pudo sobre cómo elaborar un estado financiero para pedir préstamo ante la banca y todo lo relativo a la inscripción de establecimientos ante la Cámara de Comercio.

Después, con el cambio de Constitución de 1991, se actualizó sobre temas como el interponer tutelas, Derechos de Petición, Quejas ciudadanas, e incluso a elaborar demandas sencillas, que no requieren de la intervención de un abogado.

Donado Peñaranda forma parte del conjunto de ciudadanos que uno suele ver por los alrededores del Centro Cívico de Barranquilla, con puestos improvisados para atender al público: banquito para él, banquito para el cliente y una mesa sobre la cual reposa una máquina de escribir.

No recuerda cuántas de estas máquinas han pasado por sus manos desde que comenzó esta práctica que podríamos llamar ‘paralegal’, hace 42 años.

Y no es tanto el estudio de libros y manuales lo que le capacita para ejercer su oficio a cabalidad, sino más bien la experiencia acumulada durante esas cuatro décadas.

No está de más saber rodearse bien: “También he tenido como maestros a magistrados del Tribunal Superior con los que después de tantos años he trabado amistad, así como con jueces, abogados. Se trata de personas que han visto no sólo el empeño que le he puesto a este oficio sino la pulcritud y la honradez, entonces me han transmitido sus conocimientos: esto se hace así y esto se hace de esta manera”.

Gracias a esto se ha mantenido siempre con este trabajo, desde el año 1975 en el mismo sector. Antes, en la puerta del Centro Cívico, cuando la Administración de Impuestos quedaba en el tercer piso del edificio, y posteriormente en la calle 40 entre carreras 44 y 45, en la acera norte del Centro Cívico de Barranquilla.

Recuerda que, aunque durante algunos periodos se han producido hostilidades contra las personas que ejercen su oficio en el sector, al final les han dejado en paz “porque nosotros tenemos personería jurídica que nos expidió la Gobernación del Atlántico cuando el alcalde de la ciudad era el padre Bernardo Hoyos”.

“Desde que nos carnetizamos siempre hemos obtenido el respeto de la policía y de los agentes encargados del control del Espacio Público. De hecho, muchas veces ellos recurren a nuestros servicios”.

Sin embargo, se entienden los motivos para que existan celos. Mientras que estos asesores hacen una declaración de renta por 25 mil ó 30 mil pesos, un contador con título cobra por la misma gestión aproximadamente 120 mil pesos.

Indica, sin embargo, que muchos de los profesionales que conocen su trabajo firman o avalan los documentos que él prepara sin siquiera echarles un vistazo para revisarlos. “Van poniendo su firma de una porque saben que uno tiene la experiencia y el conocimiento para hacer las cosas bien, correctamente. Ya tenemos años y años de conocernos”.

Sostiene que suele hacer unas dos o tres diligencias al día. “Generalmente son declaraciones de renta”. Esto es suficiente para marcharse a casa con unos 50, 60 mil pesos a casa cada día.

Gracias a estos ingresos ha podido mantener a su familia, compuesta por su esposa y cinco hijos. “A todos les di la oportunidad de estudiar carreras universitarias pero ninguno siguió por ese camino. La mayor parte de ellos se dedica al comercio”.



Le emociona que al menos uno de sus 14 nietos se muestra interesado en seguirle los pasos pero la verdad es que Francisco Donado tampoco lo anima mucho. “Es que este es un oficio que puede servir hoy en día para obtener unos cuantos ingresos, pero la verdad es que hay que tener otras entradas porque la competencia es numerosa”, comenta, “y la competencia desleal abunda: si tú cobras 30 mil pesos, el que trabaja unos metros más allá se ofrece a hacer el trabajo por 25 mil”.

Lamenta que no se tenga en cuenta la antigüedad y la experiencia porque “esto le ha traído problemas a clientes que contratan a gente con menos conocimientos, que no saben hacer las cosas bien o las quieren hacer a la carrera”. Para peor: estos novatos que hoy “regalan” su trabajo terminan por darle mala fama a quienes sí se han preparado concienzudamente para no cometer errores.

“De hecho, a veces han salido a relucir algunos documentos ‘chimbos’ elaborados por estos novatos debido a los cuales tanto las autoridades judiciales como las administrativas han intentado prohibir este tipo de actividad informal: los justos pagamos por pecadores”.

Recuerda que en cierta ocasión se tuvo que enfrentar a un fiscal que pretendía cerrarle el negocio. “Yo le dije que las cosas no eran así, que cada uno responde por sus actos, e incluso estuvo a punto de ordenar que me detuvieran porque le respondí de esa manera”.

“Hasta ahora no han podido acabar con este trabajo porque, de todas maneras el Estado no tiene el personal suficiente para asesorar a toda la comunidad”, observa Donado y sostiene que, por el contrario, el Estado les debería reconocer de alguna manera el servicio y el bienestar que generan al mantener descongestionado un servicio de diligencias que resulta vital para atender a la ciudadanía.

Un aspecto de su ocupación del cual Francisco Donado habla con cierta reticencia es de la elaboración de documentos más personales: cartas de amor, cartas familiares y asuntos sentimentales, redactados para personas que dominan escasamente la lengua escrita o son analfabetas.

“Eso lo hace uno más bien para gente con la que tiene cierta confianza, con amigos, porque la verdad es que resulta un poco penoso eso de estarse enterando de los asuntos íntimos de la clientela”, explica.

Al despedirnos, me pide que redacte una nota que sirva para destacar el servicio de la gente que se dedica a su profesión —“porque esto es una profesión”, recalca—.

“Con esto he levantado a mis cinco hijos y he construido mi casa. Me gustaría que esta crónica sirva para que el Estado y el público en general no piensen mal de uno, que cambien el concepto negativo que algunos parecen tener del servicio que prestamos”.

Emocionado, consciente de que es mi oportunidad de contribuir, de poner mi grano de arena para preservar uno de los oficios tradicionales del Centro de Barranquilla, no me queda más que responderle: “Cuente con toda mi ayuda para que esto suceda”.

Esperemos que así sea.


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